¿Hasta dónde puede llegar el ser humano? (I) La obediencia

Desgraciadamente, no tenemos nada más que encender la televisión para ver ejemplos de cómo un ser humano mata, tortura o viola a otro ser humano. ¿Cómo puede suceder? ¿Quién es capaz de hacerle algo así a otra persona? Una respuesta que solemos dar a estas preguntas es que quien lo ha hecho “es una mala persona”. Sin embargo, la explicación real suele ser más complicada. Hay muchos factores que pueden llevar a una persona a cometer acciones tan extremas, y uno de ellos es la obediencia.

Hay un experimento clásico dentro del campo de la psicología que, aunque no es tan famoso fuera de nuestro ámbito, da una imagen muy clara sobre el papel que puede jugar la obediencia en el comportamiento del ser humano: el experimento de Milgram.

Primero, situémonos en el contexto. En los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, la sociedad occidental, aterrorizada por las barbaridades cometidas por los nazis en los campos de concentración, buscaba explicaciones a unos hechos tan horribles. La respuesta, como en el caso de Eichmann (miembro de las SS que coordinaba las deportaciones de judíos a campos de concentración), era considerar al autor como alguien brutal, retorcido y sádico. Aunque había voces, como la de Hannah Arendt (filósofa contratada para cubrir el reportaje del juicio a Eichmann), que no decían lo mismo.

El experimento de Stanley Milgram también buscaba poner en duda ese tipo de afirmaciones. Reclutó a 300 personas para participar en un experimento sobre el efecto que tiene el castigo en el aprendizaje. El grupo estaba compuesto por hombres y mujeres de entre 20 y 50 años con profesiones y niveles educativos muy diversos. Al inicio del experimento, los participantes entraban en una sala y se les dividía en “alumnos” y “profesores”. La tarea consistía en que el profesor leyese varios pares de palabras, y al finalizar dijese 4 palabras. El alumno debía señalar cuál de esas palabras formaba parte del primer par de palabras.

Los alumnos se sentaban en una silla, atados por correas, y se les enchufaba a una máquina de descarga; mientras que los profesores se encontraban en la habitación contigua, y debían administrar una descarga cada vez que el alumno dijese una respuesta incorrecta. La intensidad del panel de descargas iba de 15 voltios (“descarga ligera”) a 450 (“peligro-descarga violenta”), y el profesor debía aumentar el voltaje en 15 unidades cada vez que administraba la descarga. Si el alumno no respondía en 5-10 segundos, se consideraba que había dado una respuesta falsa y se le administraba una descarga.

A los 75 voltios, el alumno empezaba a quejarse. Cuando se llegaba a los 120, manifestaba que la descarga le estaba produciendo dolor, y a los 150 gritaba y pedía que se le liberase del experimento. Al llegar a 300 voltios, los gritos se convertían en alaridos violentos, y a partir de 330 no emitía ninguna respuesta.

Al lado del profesor había un experimentador que supervisaba la marcha del experimento, y si el profesor dudaba entre aplicar la descarga o no aplicarla, el experimentador le instaba a seguir (“por favor, prosiga” o “el experimento exige que usted prosiga”).

Afortunadamente, los alumnos eran actores, no sufrieron daño alguno. El verdadero objetivo del experimento era estudiar el papel de la obediencia, ver hasta qué punto podían llegar personas “normales y corrientes” por el simple hecho de seguir las normas de un experimento o las instrucciones de un experimentador (como figura de autoridad). Y, por sorprendente que parezca, en determinadas variantes del experimento un 65% de las personas llegaron a administrar los 450 voltios. De hecho, entre los resultados de dichas variantes se pueden apreciar cambios muy llamativos:

    • Cercanía: cuando el profesor se encontraba en una sala distinta a la del alumno, y por lo tanto no tenía contacto directo con él, un 65% de los participantes llegaban a administrar los 450 voltios. Este porcentaje se reducía al 40% cuando ambos se encontraban en la misma sala, y lo hacía hasta el 30% si el profesor tenía que entrar físicamente en contacto con el alumno.
    • Problemas cardíacos: en esta variante, el alumno manifestaba padecer problemas de corazón antes de comenzar el experimento. De esta forma, cabe esperar que los profesores interpreten que las descargas pueden tener un efecto nocivo real en el participante, y por tanto administren menores niveles de descarga. Sin embargo, se aplicaron la misma tasa de descargas que en la primera variante mencionada (65%)
    • Autoridad presencial: esta modalidad compara dos variantes. En una el experimentador da las órdenes al profesor en persona, y en otra emite dichas órdenes por teléfono. La cantidad de personas que obedecieron al experimentador y alcanzaron la administración de 450 voltios fue el triple en la primera de las condiciones mencionadas.
    • Elección de descarga: si el profesor era el encargado de decidir qué nivel descarga iba a administrar, sólo un 2,5% de las personas llegaba a los 450 voltios. Un 80% no superó los 90 voltios (poco después de que el alumno comenzase a quejarse).
    • Rebelión y conformidad: en esta modalidad había otros 2 profesores (compinchados con el experimento) además del participante. Si ellos se rebelaban contra el experimentador y se negaban a continuar, un 10% de las personas administraban los 450 voltios. Por el contrario, si esos profesores mostraban conformidad con el experimento, el porcentaje de personas que llegaban a los 450 voltios era del 90%.
    • Autoridad como víctima: en una variante el experimentador argumenta que un participante no ha podido asistir y que debe llegar a un cupo de participación, por lo que el propio experimentador actúa como alumno y recibe las descargas. En este caso, el 100% de las personas detienen las descargas en 150 voltios (cuando el alumno-experimentador grita y pide que se le libere). Sin embargo, si hay un segundo experimentador que insta al participante a continuar, un 75% de ellos administra los 450 voltios. También cabe destacar que si es el alumno el que pide la descarga, el 100% de los participantes se detienen en 150 voltios; mientras que si es un hombre corriente (y no un experimentador) quien da las órdenes, sólo un 20% llega a administrar 450 voltios.

Una vez acabado el experimento, los participantes pasaron por una entrevista en la que se les preguntó por qué creían que habían actuado como lo habían hecho, y cómo se sentían al respecto. El resultado fue una enorme variedad de respuestas, y creo que los datos no se pueden interpretar de forma adecuada sin tener en cuenta estas declaraciones (recogidas en el libro que cito más abajo)

Aun así, creo que se pueden sacar dos puntos en claro. En primer lugar, no hace falta ser una persona que disfrute haciendo daño a los demás, o a quien no le importen el resto de las personas, para llegar a administrar una descarga mortal a otro ser humano. Y, en segundo lugar, me gustaría extraer una reflexión: la obediencia ciega puede llevarnos a cometer actos que, desde fuera, calificaríamos como denunciables. Y no estoy hablando de rebelarse contra la autoridad, estoy hablando de realizar un análisis crítico antes de obedecer. Que el “me lo han dicho” o “sólo seguía órdenes” no sean argumentos suficientes para guiar nuestro comportamiento.

 

Referencia: Stanley Milgram. Obediencia a la autoridad: El experimento de Milgram. Capitán Swing 2016

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